Desde niño siempre he creído que tenía el cometido de hacer algo que realmente fuese importante, quizás la fantasía de la fama de ser un gran inventor y ver en el cine de mi imaginación esa escena era suficiente para afrontar todo lo que la vida me ponía delante.
Afortunadamente uno va creciendo, va tomando decisiones y de una manera más o menos acertada va configurando su propia vida.
El caso es, que siempre hay algo significativo que pasa por ella de una manera especial, hasta tal punto de parecer que una sacudida nos ha agitado toda nuestra persona. Probablemente todo el mundo al menos recuerda con claridad un momento así, a lo mejor para otros, esto es el mundo de la ilusión, no importa, yo se que tarde o temprano ese momento les llegará.
Particularmente en mi, fue un regalo de vida, con 18 me encontré compartiéndola con lo que yo llamo mi gran amor blanco, la Antártida. A raíz de ese suceso empecé a experimentar algo que no soy capaz de describir con exactitud, pero si estoy seguro que algo en mí empezó...
Efectivamente, empecé a mirar de otra manera, queriendo que todo el mundo viera lo que yo, quizás porque cuando estuve ahí abajo, lo hice sólo y nadie más lo vió.


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